UN POCO DE HISTORIA.

No eran tiempos fáciles. El carbón como principal fuente de energía, empezaba a dar los últimos coletazos, mientras que la industria siderúrgica, que crecía a pasos agigantados, ya se configuraba como su mas inmediata sucesora. Fue precisamente el auge de esta industria en Bilbao, y los numerosos viajes en tren hasta La Robla, en León, en busca del carbón necesario para la combustión, los responsables del nacimiento de nuestro, pequeño, protagonista, la putxera.

Pero vayamos poco a poco. Tenemos que situarnos en la localidad vizcaína de Balmaseda y en la época en la que los trenes de vapor todavía llenaban el cielo de interminables columnas de humo a su paso. Por aquel entonces eran muchos los balmasedanos que trabajaban en el ferrocarril pues, no en vano los talleres centrales de la zona norte de la FEVE (Ferrocarriles Españoles de Vïa Estrecha) estaba en la propia villa. Eran hombres acostumbrados al duro trabajo y a las condiciones más adversas, que sin embargo no se resignaban a las comidas de tartera, frías e insípidas, que su profesión parecía obligarles a engullir. No, eran hombres de buen comer, con un estomago habituado a las delicias gastronómicas de su huerta, de su río y a los buenos guisos de caza.

“La putxera ha arraigado de forma extraordinaria en Balmaseda, sobreviviendo a los trenes de vapor que la hicieron posible”.

Parece cierto que el hambre incentiva el ingenio, pues un buen día uno de estos maquinistas inventó algo que revolucionó los rutinarios trayectos en ferrocarril. Se trata de la putxera u olla ferroviaria, una pequeña estufa chubesquí, que permitía elaborar suculentos cocidos en el tren y , por supuesto, comer caliente. Este artefacto funcionaba con el calor del vapor que se extraía de la máquina, y su uso se generalizó tanto, que incluso se estableció un convenio laboral con la FEVE, para que las calderas de vapor de todas las máquinas llevasen incorporadas una espita, para así extraer el vapor que requería la putxera.

“Originariamente, la putxera actuaba a cien grados centígrados, lo que daba al plata unos excelentes resultados culinarios”.

El resto del personal que trabajaba en el tren, incentivado por el delicioso aroma que llegaba de la parte delantera, idearon su propio sistema, la putxera de carbón vegetal. Muy pronto, no había vagón que no llevase colgada su propia putxera humeante. Esta no solo les permitía comer caliente, sino que además, la preparación del cocido les hacía más amena la jornada.

Junto a la putxera, otro invento que hizo más agradable el trabajo en el ferrocarril, fue el chuletón a la pala. Para ello bastaba con asar la carne, untada con grasa, sobre la pala con la que se echaba carbón en la caldera de la máquina. De esta forma cada uno tomaba la carne a su gusto, poco hecha, en su punto, o si no se prestaba atención, chamuscada.

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